“El que
estaba ahí de pie, delante de mío, era yo, yo mismo, por lo menos en imagen.
Figúrate que estando delante de un espejo, la imagen que de ti se refleja en el
cristal se desprende de éste, toma cuerpo y se te viene encima…” (Miguel de Unamuno,
El que se enterró)
Aquí escuchamos
la experiencia espantosa que tuvo Emilio al cambiarse de carácter. El autor nos pone un sentimiento de misterio,
nos hace pensar en nuestra existencia y más que nada nos hace cuestionar quienes somos.
Desde un principio sabemos que algo está pasando a Emilio; su amigo, en cuanto a
él, dice que “era un hombre dicharachero y descuidado pero había convertido en
un hombre tristón, taciturno y escrupuloso.” Ahora convertido, Emilio, no es
tan sensato como lo era antes, tampoco es tan lógico como lo era antes. Emilio no
está cuerdo. Eso me hizo pensar en una de mis películas favoritas.
“Secret
Window”
Aquí Mort, el hombre, esta teniendo en diputación contra si mismo, entre lo que es real y no, lo que es lógico y superficial. Se pregunta a sí mismo si es un criminal tal como Emilio pregunta a su amigo, “me crees criminal?” La circunstancia, en las dos situaciones, es una cuestión de creencia, “si crees en nada, no te puedes explicar cosa alguna.” Los espejos en las dos historias nos hacen reflexionar en quienes somos ahora, y transmiten curiosidad en la mente y a la vez renuencia. En la película unos cuerpos son enterrados en la huerta, y la gran pregunta es quién es el que los mató y se los enterró. Otra similitud es que Mort también tiene un perro, su perro muere pero los dos perros ayudan a crear suspenso. Hay muchas conexiones, y cosas semejantes en los dos cuentos, pero el mensaje nos da igual, la lógica no puede explicar todo. Parte de eso ocurre casi al final de la historia cuando Emilio dice a su amigo “Porque tú ves bien que yo, siendo el mismo, soy, sin embargo, otro.”

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